martes, 8 de marzo de 2011

CHRONICLES OF AN OLD TEACHER

By Consuela.
Son las 5:06 de la tarde, y estoy aquí, sentada viendo como mis alumnos aprenden los colores mientras pintan y dibujan  ¡Uff! Que cansada estoy cinco y cuarto y no paso de dos líneas. Bueno se supone que estoy dando clase de cualquier modo.  Que fastidio, no estoy de humor para dar la clase.
Otro vistazo al reloj, ya son las cinco veintiséis. Ya mero salgo, no veo la hora de salir de aquí, estoy harta. No me molestan los niños, pero es que hoy vienen particularmente inoportunos, y además uno de ellos huele a caquita. Mmm no por decirle caquita es más soportable por cierto.  Qué horror, ya terminó la clase y no se van, siguen aquí. No se quieren ir porque les dije que hoy es la última clase que les doy por falta de quórum. Están pegados a mí viendo cada detalle de lo que escribo. Ahora, el mayor de ellos quiere que escriba acerca de él y de sus cualidades, y además quiere que especifique que él no es el que huele a caca.
Es un niño muy inteligente para su edad, tiene muchas cualidades, entre ellas el dibujo. Tiene talento natural. Es de sangre ligera, de esos niños que te cae bien solo con verlo. Él cree que no puede con el inglés, pero la verdad es que yo no le digo ni una palabra en español y todo lo entiende a la perfección.
La menor, va en primero de primaria. Aparentemente es una niña como todas las de su edad, le gusta el color rosa, jugar a las muñecas y dibujar flores. Pero siempre termina el trabajo del día y a veces, antes que los demás, que son mucho mayores. 
Los otros dos, hace tiempo que ya no vienen. Se dicen amigos pero se la pasan peleando todo el tiempo. A veces son cómplices, y otras son los peores enemigos.
Juan Manuel, el mayor,  que para mi desgracia así se llama, dice que solo lo estresaban y que la clase está mejor sin ellos. Aunque entiende que si no hubieran dejado de venir, no se cerraría su grupo.
Bueno, llego el momento de la despedida. Un abrazo a la pequeña Sofía mientras le explico a Juan que nos veremos dentro de cinco años, cuando el llegue al bachillerato.  Sofía opina que para entonces yo ya estaré muy vieja, y que probablemente no le daré clases en ese entonces.
Espero que no sea así. Se van con una sonrisa, se despiden con la mano mientras caminan por el pasillo. Juan lleva de la mano a Sofía. Él la cuida por que se sabe mayor y tiene que cuidar a los más pequeños. Me despido de igual modo, con una sonrisa que me cuesta por el cansancio.
Adiós a mis niños de primaria, los voy a extrañar, pero, muy en el fondo, THANKS GOD!


lunes, 7 de marzo de 2011

SUNOMONO

by Consuela
Hoy no fui a trabajar, ayer me fui a dormir tan estresada que hoy en la mañana, eran las 11:00 am y yo seguía tirada en mi cama. Aún sin abrir los ojos, pensé en todos los pendientes que tengo que hacer, ir al súper, lavar los platos y  limpiar la casa que quedó hecha un desastre después del fin de semana. ¡Limpiar la casa! ¿Qué más da si se queda sucia hasta las 3? No creí que a Paty le molestara llegar a la casa después de una jornada laboral y se encontrara con un botadero.  Y mucho menos si le explicaba que me quedé dormida hasta las 3 por no querer pensar en nada de nada. Mucho menos en labores del hogar.  En ese momento, darme la vuelta y volverme a acurrucar en mi deliciosa cama se volvió un plan. Hoy iba a dormir hasta que yo quisiera, iba a comer mi comida favorita, iba a apagar el teléfono y hacerme la perdida solo por un día, sin darle explicaciones de ningún tipo a nadie.
 ¡Dormir!  mi refugio favorito de la vida cotidiana no funcionó, no pude volver a dormir.  Me la pasé pensando  ¿por qué demonios me desperté tan deprimida?  El fin de semana daba vueltas en mi cabeza una y otra vez, ¿Qué sucedió? Después de pensar en lo mismo por casi una hora en lo que me preparaban un sunomono, que por cierto, ahora que lo pienso, es solo pepino curtido con pulpo ¿Por qué tardó una hora? En fin, después de pensar y pensar, detecté mi problema.¡ Me siento culpable!  Algunas palabras  y reclamos del fin de semana me taladraban el cerebro al ritmo del cuchillo contra la tabla de picar que usaba el japonés que picaba pepinos. Tengo una asquerosa necesidad de cumplir con las expectativas de las personas, y el enterarme que no las cumplo me deprime y el fin de semana que me bombardearon por horas de lo mal amiga que soy o de lo desgraciada que me he vuelto por no pelar a algunos pretendientes o desconsiderada que fui por no querer ir a dormir temprano me tiró al suelo. Bueno, creo que  algo tuvieron que ver las 15 cervezas que me tomé.
Después pensé, esos comentarios no me deprimieron tanto como  me hicieron sentir culpable y amanecí con una necesidad de resolver todo lo “malo” que había hecho el fin de semana.  Pensé por horas como podía contentar a mi amiga del alma que estaba sentida conmigo por no invitarla a una fiesta, como consolar al pretendiente al que no le hice caso y como limpiar mi imagen porque algunas personas me habían visto tomada en un bar. No, mejor iba a ahorrar para poder ir a la playa unos cuantos días, yo sola, sin compañía. Hasta pensé en la redacción de  una nota de despedida y fugarme por ahí, dónde nadie pudiera encontrarme.
Cuando me di cuenta de mis pensamientos, no lo podía creer, llevaba una hora esperando mi sunomono y además necesitaba terapia. Caminé hacia mi casa, dispuesta a volver a mi posición fetal, y cuando entré, metí mi comida al refrigerador  y me puse a trapear.
El sunomono es solo pepino curtido, y la culpa es solo una horrible resaca.